


Sombras Chinescas Distorsionadas
“¡Ah!, desgraciadamente, hombres humanos, hay, hermanos, muchísimo que hacer”.
(César Vallejo)
Nuestros antepasados saludaron el advenimiento de la fotografía como un magnífico medio para levantar acta de la realidad y, por ende, de la verdad. Y, sin embargo, trasegada por los humanos, han sido muchos los servicios que este arte ha prestado precisamente al enmascaramiento de la misma. Tantos y tan a menudo fueron y son esos auxilios a la impostura que el descrédito que acarrea dicha complicidad es una barrera más con la que los espectadores contamos al examinar hoy cualquier instantánea.
En un presente como el actual, en el que a ratos pareciera que la humanidad (como género humano) y la humanidad (como compasión de las desgracias de nuestros semejantes) se batieran en retirada ante el ensimismamiento casi generalizado de todos nosotros, urge más que nunca revelar/positivar el avasallamiento de los derechos de aquellas personas empujadas a la exclusión.
La mirada que Manuel Ordóñez deposita sobre esos individuos que llegaron hasta Jaén, atraídos por el trabajo de la recogida de aceituna e impelidos por la supervivencia, actúa por delegación de todos aquellos que creemos que el otro es una extensión de nosotros mismos, en cuya entidad nos reconocemos y nos trascendemos: una suerte de espejo que cuestionara la obsesión del vivir para sí al que nos empujan los muchos miedos de este tiempo en crisis.
Contra el grado cero de la exclusión, que es la invisibilidad, estas fotografías contribuyen a quebrantar esa ley no escrita, pero vigente, de que hay realidades económicamente poco rentables para el discurrir de un tiempo en el que ni la caridad ni la justicia tienen cabida. Y bien sabemos por pensadores como Emmanuel Levitas “que la caridad es imposible sin la justicia, y que la justicia se deforma sin la caridad”.
Nadie puede desinteresarse de los otros, cuya sola existencia nos conmina a autoexaminar la voluntad, pasión del alma, de tomarnos a nosotros mismos en consideración en tanto les consideramos a ellos-nosotros. Nadie puede delegar del imperativo que como humanos llevamos en sí de manera tan irrecusable como intransferible.
Todas esas sombras que vagan por las calles de una de nuestras ciudades, y para las que Cáritas Jaén quiere poner en pie un centro de día, son las sombras de nuestra propia responsabilidad, la única, la insustituible, la que pone en jaque el axioma interesadamente triunfante de que “eso no tiene nada que ver conmigo”.
Amputarnos o no amputarnos de lo que el otro supone como parte sustantiva de nosotros mismos, “los hombres humanos”: he ahí el dilema ante el que se nos convoca a optar a cada golpe de vista.