
La cara y la cruz de la verdad
La verdad se encuentra presente en todos y cada uno de nuestros momentos vivenciales. Pero a veces resulta difícil verla, apreciarla, parece mucho más fácil quedarnos con lo más superficial. Traspasar esa barrera necesita profundidad y unos ojos que quieran averiguar que se encuentra bajo la capa de la primera impresión. Necesitaríamos parar el tiempo o pararnos nosotros mismos.
Analizar el tiempo y plasmar la verdad ha sido siempre tarea de los artistas. El arte es testigo de lo que es certero en tanto que sus manifestaciones nos hacen sentir y emocionarnos. Nada es más verdadero que eso, incluso aquello que puede pasar inadvertido en la vorágine de la cotidianeidad.
Ese ejercicio de búsqueda de la verdad es el que nos ofrece la obra de Manuel Ordóñez. Sus imágenes son algo más que momentos fijos y congelados de la existencia. Una imagen puede tener más contenido que muchas palabras o que un libro de muchas historias. En una imagen podemos descubrir, de la mano del artista, todo un pasado, e imaginar todo un futuro, porque en ellas no se aquieta la realidad, sino que se manifiesta abiertamente a todo aquel que quiera apreciarla.
Y la verdad que nos descubre Manuel Ordóñez está cargada de las caras y las cruces de sus protagonistas. Son reflejo vivo de sus sentimientos y de sus vicisitudes, y nos muestran la alegría de unas vidas que, como todas, buscan la felicidad, o nos muestran escondidos dolores, temores y desesperanzas. Futuros truncados en muchas ocasiones por circunstancias ajenas que unos llamaron crisis, otros llamaron austeridad, otros catarsis sistémica. Que carajo importa ya el nombre!. Importan las personas y las consecuencias de lo que todavía muchos intentan conceptualizar. Importan las millones de situaciones indignas generadas y que han dejado en la estacada a personas que creían en sí mismas, en sus posibilidades, en las de sus descendientes. Para muchas de ellas hoy solo existe un presente cargado de vulnerabilidad, inseguridad, pobreza. Y la mayoría sigue pensando que han hecho mal ellos, pero no nos equivoquemos, la pregunta es que han hecho mal aquellos que durante años han decidido por nosotros.
En esta vida los vencedores no son los que tan solo triunfan, sino los que en ladebilidad y en la sencillez hacen transcurrir su vida con la esperanza de un futuro mejor. Esos son los auténticos héroes y heroínas. Caerse y levantarse, no perder la esperanza, luchar por mejorar el presente y confiar en el futuro. Pero en ese viaje de la vida, muchas personas deciden acompañar a los que más sufren y de una manera convencida y comprometida se convierten en activistas en pos de una sociedad mejor. Estos voluntarios y voluntarias son además de un referente que deberíamos seguir, el único resorte que tienen muchas personas que sufren.
Es sin duda tarea de todos construir realidades de esperanza. Así se cambian sociedades y se mueven montañas, pero hacerlo acompañando a aquellos que han perdido la confianza, es más necesario que nunca. Muchos voluntarios y voluntarias están ocupando espacios que en su día lo fueron por profesionales y así debe seguir siendo. Los voluntarios son y serán imprescindibles. Son la muestra de solidaridad y de compromiso más nítida que existe. Pero que no nos confundan ni la austeridad, los resortes o la crisis para descapitalizar a las organizaciones y entidades sociales que realizan una gran labor. Los profesionales sociales deben volver a sus puestos y continuar profesionalizando un sector que lucha por los derechos humanos, la dignidad y la justicia social. Una realidad de la que voluntarios como Manuel Ordóñez están muy orgullosos de formar parte y de reivindicarla.
Manuel es además de un voluntario comprometido, una fuente de optimismo yesperanza que quiere aportar ese grano de arena y arrimar el hombro. Seguir su estela será la inspiración de muchos. El reflejo de una humanidad que conjuga sus caras y sus cruces.
Parece que fue ayer. Pero ya han pasado 22 años.
Llegué a la entonces llamada Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos de Jaén en septiembre de 1992. Aquí me encontré un nutrido grupo de alumnos, repartidos en distintos cursos, entusiastas todos de la fotografía. En el primer curso de la especialidad había un alumno que, más que entusiasmo, tenía un ansia de conocimiento que actualmente se ve reflejada en todas sus fotografías. Como no, hablo de Manuel Ordóñez Gómez.
Pero lo mejor fue que, dos años después, se convirtió en mi compañero. En mi mano derecha. En el amigo que nunca te dice que no. Todos aquellos que le conocen saben a qué me refiero. Trabajador preciso e incansable, siempre tiene hueco para atender nuestras demandas. Y como muestra: esta exposición, ya que los fondos obtenidos con la venta de estas obras serán destinados a cubrir una parte de las muchas necesidades que Cáritas Jaén tiene.
Pero Manuel, Manolo, no lo hace por protagonismo. Él es así: transparente; viene de frente, pero para ayudarte. Sin que se lo pidas.
Manuel Ordóñez nos presenta un trabajo impecable desde el punto de vista fotográfico. Sus imágenes rezuman ese espíritu del fotógrafo de antaño que medita cuidadosamente cada imagen que crea con su cámara, pero que no pierde el espíritu periodístico que propicia la captura de ese momento fugaz e irrepetible que sólo podemos perpetuar por medio de la fotografía.
La fotografía es un medio de expresión y de comunicación, y puede usarse con la misma libertad e imaginación que cualquier otro medio. Para Manolo, la técnica fotográfica no se constituye en un obstáculo para crear. Es un perfecto conocedor de la misma. Lo difícil es saber convertir en imagen lo que se tiene en la cabeza y, como podemos ver en las imágenes que Manolo nos presenta, tampoco para él esto es un obstáculo.
Gracias por traernos esta muestra pero, sobre todo, gracias por ser mi amigo. Sí, amigo, porque en los momentos complicados también te he tenido a mi lado. Cuando compartíamos aula, conocimientos y experiencias y ahora que estás a más de trescientos kilómetros.