Por nuestra parte, vamos a seguir estando abiertos a cualquier otro tipo de iniciativa que redunde en un mejor conocimiento de nuestro entorno social y cultural.

Duros y helados son los bancos de piedra o metal que les sirven de lecho. Frágiles estructuras de cartón les procuran cobijo y algo de intimidad. No conocen el "Buenas Noches", aunque, a veces, algún fiel animal no tiene inconveniente en hacerles compañía, en darles un poco de calor y ¡quién sabe!, quizás una ternura que les caliente el corazón.

Su historia es próxima o lejana, pero han terminado por olvidarla. A diario reciben miles de miradas acusatorias, condescendientes a lo más, pero se siguen sintiendo personas. Sólo los niños los miran con curiosidad y estupor. Son espejos de azogue viejo, pero con infinitos destellos.

Ni tan siquiera la calle les pertenece. Pueden adivinarla en el mudo reproche de un mundo que les dio la espalda y al que han acabado por ver con cierto terror y desconfianza.

Aún así, en toda vida humana late siempre la esperanza. Inconfesada a veces, deteriorada con el paso del tiempo, pero siempre rescoldo o llama que marca la diferencia entre la humanidad y la nada.

¡Cuántos sueños rotos y cuántas alegrías frustradas! La vida les parece sólo un recuerdo o quizá sólo vida imaginada. Pero es vida y hay que vivirla. Y la vida en soledad no es sola, es nada.

Tristes cuadros, tristes escenas, y al mismo tiempo ¡cuánta vida encerrada! Historias en blanco y negro que cono las de las pesadillas malas. ¿Por qué no volver a pintar el lienzo? ¿Por qué no cambiar el color en grana? Quizás con un poco de calor, convertirse pueda el hielo en flama.

Pero más duro y más pobre que el desnudo suelo, es el corazón de quien no repara en ello. Necesitamos pintar otro mundo. Necesitamos idear gentes, paisajes y corazones que adornen y cambien el alma de este mundo en que vivimos. No habrá techo para los Sin Techo, si no lo construye la mano humana. La ilusión es de colores, pinceladas sobre el alma. Un alma desnuda y blanca siempre abierta a la Esperanza.

Juan Carlos Escobedo Molinos